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WOD-ES • Ver Tema - Ecos de la oscuridad.

Ecos de la oscuridad.

Sube al escenario del Teatro de la Sangre para contarnos la historia de tu personaje interpretando delante de toda la Comunidad y rolea con los demás

Notapor Keroreth » Enero 23rd, 2014, 1:44 pm

Se despertó de nuevo en la noche. Abrió los ojos y sobre su cabeza vio el techo de su habitación, habría respirado agitadamente de ser necesario. Pero él no necesitaba respirar.
Apartó las mantas de encima de su cuerpo y rodó hacia la derecha, cayendo de la cama, de morros al suelo. Se levantó torpemente. Se rascó el estómago y después la barbilla, con gesto nervioso, gesto que repetía todas las mañanas en vida, y por lo que parecía, también lo haría muerto.
Se estiró y siguió buscando por la abarrotada habitación. Debería hablar con el casero sobre la puerta destrozada. O quizá no. Miró por la ventana y avistó sus ropajes en la calle, a medio camino entre su coche y su casa. La puerta del coche seguía abierta, pero… Este era un barrio muy poco transitado, y la figura que estaba dentro de la casa era más o menos conocida, no solo por su excentricidad.
Abrió la puerta de su habitación mientras tarareaba una canción. Al llegar a la escalera, ya gesticulaba a voz en grito, y medio bailaba mientras bajaba l. Chasqueaba los dedos conforme se acercaba a la cocina, una vez llegado abajo. Y abrió el frigorífico. “Nada como empezar la mañana con un desayuno equilibrado.” Pensó.
Y el cuerpo medio muerto por el frío de una mujer, casi muerta de hipotermia e inconsciente se desplomó. Había pasado toda la noche ahí, pero al menos el hombre se había cuidado de mantener la temperatura a una en la que no moriría si no pasaban varias horas. Ella vestía ropa deportiva, parece que la noche anterior estaba corriendo. Acercó él, sus incipientes colmillos al cuello de ella y apretó hasta romper la piel, con suma delicadeza, y bebió hasta quedar saciado, notando como la piel de ella se estremecía y se tersaba por el placer pese a la inconsciencia. Sus sueños deberían de ser dignos de ver, entremezclados entre el terror y el placer. Más o menos así vivía él. Odiaba las presas que no estaban sanas.
Abrió la puerta y observó la luna, se colocó los pantalones, que reposaban sobre el pomo de la puerta, sin dejar de moverse hacia las botas, que se echó al hombro sin dejar de avanzar hasta su gabardina. La lanzó al aire, soltó las botas y se colocó la chaqueta de un solo y muy medido gesto. Una pena que nadie le estuviera viendo, era digno de ver. Se colocó las botas y volvió a por la mujer. La sacó en brazos.
Menos mal que nadie le estaba viendo.
La metió en el asiento del copiloto, y mientras le tapaba los ojos le hizo ingerir varios litros de bebidas alcohólicas que llevaba en la parte de detrás del coche. Puso la radio y le besó la mejilla, aunque estaba ahora más o menos despierta, sus sentidos embotados por el alcohol y la falta de sangre no le ayudaban mucho.
- Vamos a casa, tranquila. –Susurró, intentando tranquilizarla. – Pero primero tenemos que hacer una paradita. Espero que no te importe…
Mientras hablaba, embadurnó sus ropas con el mismo líquido, haciendo que apestara a este. Dejó de taparle los ojos. El hombre enmascarado no se reflejaba en las pupilas brillantes de la joven, que no tardó en cerrar los ojos.
Condujo hasta el hospital más cercano y abrió la puerta del copiloto, empujó a su acompañante y continuó con su trayecto. Sabía que en este no habían cámaras. De todas formas, su matrícula era falsa, la mujer, borracha y con una herida por la cual había perdido numerosa sangre, un tajo en el cuello producido por un elemento cortante, que para nada parecían sus colmillos. Estaba enmascarado…
¿Por qué iba a preocuparse?
Continuó conduciendo, abrió la guantera del coche en el siguiente semáforo y observó su pistola semiautomática, una Colt M1911. La había adquirido la noche anterior. La noche anterior…
La noche anterior no había despertado en una cama si no en un ataúd. Un ataúd que le sonaba de la noche anterior a esa. Había aporreado la caja y la había rajado con su navaja hasta que consiguió librarse del estorbo. Haciendo uso de una de sus disciplinas, se hizo invisible para el ojo humano. A todas luces, los seres que se encontraron a su alrededor cuando despegó lentamente la tapa de este parecían humanos. Pero solo lo parecían. Conservaban poco de eso.
Esos putos frikis llevaban más metal en el cuerpo que un disco de los Judas Priest… Conoció entonces al mago y apartir de entonces solo recordaba un par de disparos confusos, una torre de ordenador y… Poco más. Ah, sí. La vuelta a casa.
Pero la noche anterior aún fue peor, porque estaba vivo.
En un acto reflejo echó una mano a la caja de cigarrillos que se encontraba en la guantera, aún parado en el semáforo que había cambiado de color ya varias veces. Se llevó uno a la boca y con un mechero lo encendió. Después lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Miró el teléfono. Un nuevo mensaje, una nueva dirección.
Cerró los ojos e inspiró, expiró, inspiró, expiró… Hasta que este se hubo consumido. Este pequeño placer había consumido parte de la sangre que había conseguido de la atlética joven.
Otra dirección. Un almacén… Una noche fría, lluviosa, como esta. Entró en el almacén… Eran unas oficinas abandonadas. Aparentemente.
Paseó en la oscuridad, tropezando y cayendo varias veces, hasta que vio una luz, una luz que supuso sobrenatural, que se apagó en cuanto se acercó, confirmando sus sospechas. Sus instintos nunca fallaban.
Calado hasta los pies consiguió entrar en lo que parecía un despacho. Encendió las luces del interruptor de la pared y buscó por la sala. Buscó entre los papeles, y no encontró nada de valor, excepto uno pulcramente recortado, en el que solo había una fecha.
1940.
Había un ordenador que parecía llevar mucho tiempo ahí, de pantalla ancha, de tubo. Se preguntó si aún funcionaba y lo encendió. En la pantalla apreció el nombre de una empresa.
“Archysoft Studios S.A.”
Después, una ventana emergente que rezaba:
“LogIn:
Nombre de Usuario:
Contraseña:”
Probó con Nombre de Usuario: Admin. Contraseña: Admin.
Error.
Se mesó la barbilla mientras pensaba y entonces negó con la cabeza. Contraseña: 1940
Acceso garantizado.
Comenzó a rebuscar entre los archivos, parecía ser una empresa dedicada al almacenaje de antigüedades. Buscó entre los archivos más recientes. Era una tumba, adornada con calaveras y forrada interiormente con un cuero rojo que parecía de lo más cómodo. Un poco agorafóbico para su gusto. Debía de ser la última moda… Para los oscurillos de 1980. En el 2014 poco tenía que hacer. Sabía que era parte importante en su búsqueda, así que apuntó el pasillo y el número del objeto, para buscarlo después. Observó los objetos anteriores. Espadas, armas biológicas, otro tipo de antigüedades y… Una que le llamó la atención.
La estaca de Caín.
Sí, ya. La estaca de Caín. “Y las tetas de Lilith en una caja…” Pensó con una media sonrisa. Nadie se tragaría ese cuento. Aunque es cierto que esto estaba relacionado con vampiros, eso último era una mera falsa.
Avanzó por los pasillos buscando el ataúd y apartir de ahí su memoria volvía a ser confusa. Abrió los ojos para observar la tranquila calle bajo el tranquilizador sonido del motor del coche e intentó de nuevo centrarse en sus escasos recuerdos.
De nuevo se vio avanzando por los pasillos. Y de sopetón se encendieron las luces. Varios tipos, con pinta de mafiosos salidos de una película del padrino le apuntaron con sus metralletas de lata. Sonrió y abrió los brazos, bajando la cabeza. ¿De qué iba esa mierda?
Se apagaron las luces con la misma premura con la que se habían encendido y se tumbó boca abajo, no esperando más a escuchar el sonido de las balas. Pero el sonido no se pronunció, si no que escuchó otro. El de un líquido fluir. Por como olía… Debía ser sangre.
Las heridas de las que se había percatado en el pasillo comenzaban a punzarle y tuvo que hacer uso de su fuerza de voluntad para mantenerse en pie. Sacó su móvil del bolsillo y alumbró con el flash, sus manos llenas de sangre, poco dispuesto a observar la escena a su alrededor se volvió al ataúd. O más bien a la caja donde se encontraba embalado. La abrió con su cuchillo y observó aquello que había venido a buscar.
Observó sus heridas. Solo le quedaban unos minutos de vida. Abrió el ataúd y se sentó en él, todo lo poético que pudo. Apenas cabía en sí cuando sacó uno de los cigarrillos del paquete de su gabardina manchada de barro y sangre. Se lo llevó a la boca y esperó. Ni siquiera tenía un mechero para encenderlo.
Entonces, de nuevo las luces. Otra figura.
Una figura caballeresca, con una sonrisa maquiavélica y vestida como debían vestirse hacía siglos, se acercó al humano que se desangraba, con ese inquietante gesto en el rostro.
El humano, ya resignado a su inminente muerte decidió pronunciar unas palabras.
- ¿Tienes fuego? – preguntó al desconocido. El cual sonrió, y le lanzó una cerilla encendida, la cual prendió el cigarrillo y cayó al suelo apagada. Un gesto magistral del que se habría sorprendido si no estuviera tan cerca de su muerte.
- ¿No deberías ir al hospital? – preguntó la figura, sin perder el gesto.
- ¿Me dejarías? – sonrió de medio lado, con la mirada fija en su nuevo acompañante.
- ¿Llegarías vivo? – inquirió este. – Tranquilo. Descansa. Yo me encargaré de todo.
Miró sus heridas. No tardaría en desangrarse. Se recostó en el ataúd y cerró la tapa, fumando y esperando a la muerte, que le alcanzó durmiendo.
Abrió los ojos y aceleró el coche, más dispuesto a dirigirse a su objetivo. La nueva dirección.
¿A todos les pasaba eso? ¿Ninguno tenía más que esos recuerdos?
¿Qué importaba? Estaba consiguiendo su mayor objetivo vital, acercándose a este.
Sobrevivir.

______________________

Otro trasfondo, otro personaje, otro Malkavian.
- Podemos hacer esto de dos formas. Tú no has visto nada, yo no le doy el toque a mi manada y seguimos siendo dos locos felices. O... Puedo meterte tanto plomo por el culo que pensarás que es un horno industrial. ¿Qué eliges? Suponía.
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Notapor Partekraneoz » Enero 23rd, 2014, 6:25 pm

Me encanta, estos detalles de "ida de olla" característicos de los Malkavian es lo que más atractivos los hacen a mi juício. Gracias por compartirlo y ansío leer lo siguiente ;)
"Querido, recuerda que ahora eres un depredador y las vidas segadas provocan satisfacción y dolor, ambas sensaciones por igual y tú, hoy y los días venideros sentirás ambas"
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Notapor Keroreth » Septiembre 17th, 2015, 5:21 pm

Bueeeno. Aquí va algo que estuve escribiendo en calidad a una partida de hace un tiempo que tuve con mi primo.. Es algo largo, pero... Tampoco es excesivamente interesante. Lo hice a modo de resumen y para asentar la idea del personaje, un Malkavian de 9º generación que pasó 300 años en letargo, recordando su despertar a día de hoy.


Curiosa palabra. “Letargo” parece hecha para confundir al alma noble. A primera visto no parece si no sueño. Una mera treta hacia los sentidos que nubla la vista, haciendo que sucumba a tinieblas formadas por densos párpados. Distinguido básicamente por ser más largos que meras cabezadas o dóciles sueños. Intransigentes pasan estos por la bruma del día a día. Poco más que grises recuerdos en un mundo cenizo.

Otra forma de ver la palabra, una si bien más cercana a la verdad es, a la vez, más errada que correcta, está forma sería la de una fantasmagórica pesadilla. Pero las pesadillas son sufrimiento constante, terribles estertores que mueven el cuerpo durmiente y lo retuercen hasta devolverlo a la esfera que habitan los vivos despiertos.
El letargo, es más que eso. Después de haber pasado 300 años con mi trasero apoyado en un trono de duro mármol, engalanado con una terrible y decrépita gris armadura que no soportó tan bien como yo el paso del tiempo, puedo declarar que el letargo es más que eso. He soportado el estruendo de 16034 tormentas, 37420 días de lluvia. Música de guerra, tiempos de vivos y de muertos. En el corazón de la siempre religiosa España, en el núcleo de lo que actualmente sería Madrid se erigía mi cansada fortaleza, derruida ahora por la contienda. Según tengo entendido, mi estancia en este mundo debió terminar en el 1532, habiendo yo nacido en 1505. Una firma de sangre permitió que mi estancia se prolongara hasta el día de hoy, que, según cita este periódico, es “23 de junio de 2015” Curioso. Quedan exactamente siete días para el aniversario de mi vida y muerte. Coincide, curiosamente, con el día que entré en este estado de seminconsciencia.

Como iba diciendo. He sido espectador ciego de todo aquello que ocurrió durante 300 años. Mi padre, o más bien, mi sire, aquel a quien han acertado a llamar Mefistófeles, en honor, mención o referencia a cierto demonio. O quizá sea mera curiosidad. Recuerdo así, que el día que Goethe murió, hube yo despertado de mi letargo. ¿Por qué digo esto? Sencillo. Mi “primo”, que era también padre, mentor y amigo, me enseñó la maravilla de su literatura. Algo para mí entonces era algo muy nuevo, pues, según mis estudios de literatura antigua, la forma de narración que presenta, era bastante diferente a la de antiguos escritos, en su mayoría, compendios de historia de caballería con exagerado tinte religioso. La religión es algo que me ha hecho siempre vomitar. Si la tomamos demasiado en serio, no tiene sentido, si la tomamos a la ligera, no es lo suficientemente fuerte para ser fuerza, y si la ignoramos, el mundo se vuelve nihilismo. ¿Por qué decía yo esto? Ah, sí. Aún recuerdo sus saltos de emoción y aspavientos con aquel libro en la mano, que según él, reflejaban aquello que él era por encima de todas las cosas.

Durante mi periodo de letargo pude ser oído de todo aquello que ocurría en una enorme habitación que hacía las veces de sala del trono. A ambos lados se erguían columnas góticas y enormes ventanales cubiertos casi por completo por tablones de madera para impedir la entrada de la luz. Aun así ciertos rayos se filtraban dejando entrever a los no acostumbrados a la penumbra.

No os imagináis lo terriblemente solo que se siente un hombre, aún acostumbrado al estar consigo mismo, al estar tres siglos, casi una tercera parte de milenio, sólo escuchado y pensando. Le da tiempo a contemplar posibilidades. Hasta las más remotamente impredecibles. Una pena que con el avance tecnológico y cultural, parte de ese pensamiento pasó a la inutilidad. Por suerte, entre los míos, aún a veces valen.

El despertar se dio por improvisto. Andaba yo elucubrando sobre qué es y qué no es algo vivo, cuando el tic-tac de un reloj me hizo destallar en carcajadas. Por suerte o por desgracia, mis labios estaban secos y sellados. Levantarme me fue imposible. Gruñí de forma gutural. Me llevé la mano a la frente, como si un terrible dolor me adoleciera en el cráneo. Tardé en recuperar la consciencia completa. Errática, mi mente, insistía en volver a ese híbrido entre vida, muerte, consciencia y vigila en el que había mudado ya la costumbre.

Lo que realmente me despertó no fue el insistente, armónico y constante sonido. Fue el olor. Como tratándose de un vino, pude percibir la madera en la que se había curado. ¡Ah, del olor de la sangre en una noche temprana!
De pronto fui consciente de todos y cada uno de los segundos que había pasado adormecido; de ellos, y de lo acontecido en tanto, siempre dentro de mis dominios. Y sólo encontré oscuridad y silencio. A mí volvió todo lo que una mente había divagado durante siglos de reposo. Por fin abrí los ojos, y mis mayores temores se comprobaron. La absoluta penumbra se veía perturbada por filtraciones de luz atravesando los tapiados ventanales; pero, sobre todo, percibí la luz de una cristalera. Una enorme vidriera convertía el reflejo lumínico de la luna en coloridos haces.

Escuché también, un sonido que en primera instancia había pasado desapercibido. Era el inconfundible crujir de una cuerda. Para alguien que había mandado ejecutar a cientos de personas, para alguien que había visto el horror colgante de la guerra, era un sonido inconfundible. La notable tensión en la piel dejaba unas marcas rojizas que se acababan volviendo moradas con el paso de las horas. Supe así, que era cosa reciente.
Antes de confirmarlo me hube levantado con un crujir de la oxidada armadura, que sollozaba con metálicos quejidos cual siempre entristecida banshee. Con la no mejor conservada espada que colgaba en mi cinto, corté la cuerda, notando el pesado caer del cuerpo contra el suelo. Noté algo. Tenía hambre, mucha, mucha hambre. No era un hambre humana, no estaba dispuesto a devorar la carne. ¿Qué clase de persona podía ser capaz de ello? La consciencia y mi inteligencia conectaron dos sencillos puntos y así lo volví a notar. Mi cuerpo, igual de muerto que aquel que había sido, frente a mí, sacrificado para mi alimento, estaba muerto. Sólo que el mío se levantaba desde los infiernos a la oscuridad de la noche con templanza para aplacar la no tan tranquila sed que me corroe. Había pasado 300 años sin hacerlo. Y por fin volvía a ello.

Mientras todo esto meditaba profundamente, retiré con mis colmillos hasta la última restante gota de sangre del cuerpo de lo que parecía ser un joven ciudadano. Un joven burgués, como denotaba su atuendo. Yo para entonces no lo sabía, no me importaba. Habría vomitado la mitad de no haber sido lo esperado. De haber sido una rata callejera, mi elitista gusto no me permitía conservarlo completamente dentro de mí. Habría sido un completo desperdicio.
El inhumano brillo amarillento de mis iris, que me permitía ver en la más profunda oscuridad se fue desvaneciendo poco a poco con la consumición de vitae. Aún con la hoja en la mano, advertí que esta estaba a punto de hacerse pedazos. Un poderoso golpe contra la puerta fue más que suficiente para escindir el filo en dos partes. Una voz femenina soltó un leve sonido de sorpresa que sin embargo, no pasó desapercibido para alguien que hacía uso de unos sentidos más agudos de lo habitual. Decidí prescindir por unos momentos de mi tan útil don.

Cuando abrí el enorme portón de diez centímetros de madera maciza, no encontré mayor oposición. Ni caras amables. Ni nada en absoluto. Sólo las ruinas de mi madrileño hogar. Mi lugar de nacimiento y muerte, irreconocible ahora como una decrépita y hercúlea torre.

Me envolví en sombras con la decisión de bajar de mi colina y ver cómo el mundo había prosperado en mi ausencia. Había tantas cosas que tendría que descubrir. Quizás demasiado rápido, quizás de forma demasiado súbita.

La bajada fue cómoda. El inutilizado camino parecía perderse en momentos por la escasa vegetación del lugar y lo que antes era un transitado ir y venir de caravanas se había convertido en el lugar donde románticos empedernidos venían a observar la decadencia del pasado ya medievo. Sólo de ello había huellas.

Una vez hube llegado a las calles me exhibí invisiblemente por ellas. Todo el mundo parecía estar dirigiéndose o retirándose ya de un centro de atención. Ignoraré el impacto tecnológico, pues de ello hubo aún mucho más notables expresiones en la ciudad londinense.
Este punto era una enorme hoguera en el centro donde la gente se reunía y bebía, charlaba y holgazaneaba de múltiples maneras. Observé en el centro de todo, eso sí, tremendamente alejado del fuego. Sólo una mirada atravesó mi camaleónico camuflaje negruzco. Sólo dos incesantes y superficialmente profundos ojos azules se concentraron en la pintoresca figura, que entre trajes de costura, destacaba por una desconchada y desperfecta armadura, acompañada de una desvencijada capa roja. La figura se acercó a mí sugerentemente. Para aquel entonces alguien con un ceñido escote y parte de las piernas al descubierto se me antojaba más que descocado. Y en el siglo XIV se me tenía por alguien liberal.

Nada que a día de hoy fuera capaz de sorprenderme, sinceramente. –Han pasado cuatro días de mi aniversario y muerte, y es que la paciencia nunca ha sido mi mayor virtud, de ello que tenga a dejar mi pluma a medias-

La figura portaba un traje negro de alta costura, con ribetes en las más que cortas mangas y en la parte baja del mismo. Una cinta roja separaba el cuello de la costura.
Una vez apartados ya del terrible fuego y alejados de miradas indiscretas y oídos puntiagudos entablaron las primeras palabras. Aquella figura ante mí, observada desde aún más cerca, parecía haber sido creada para el deleite de la visa. Dos ojos pesadamente azules cubiertos por una leve sombra que indicaban falta de reposo, en general, un cuerpo firme y fuerte, sin llegar a caer en la tirantez se antojaban lo que cualquier hombre con unos gustos en la media consideraría más que atractivo. Por suelte para mí, esa figura cubierto por una luenga melena negra y lacia no se me antojaba demasiado interesante; aunque, para qué negarlo: Sentía curiosidad.

Esta se difamó al poco de entablar la conversación.

- Así que me ves. – fue suficiente para romper el hielo.
- Es difícil no verte. – contestó ella, provocativamente, quizá demasiado. A continuación le pregunté quién era. Afirmó que una mandada, alguien a quien habían mandado sólo para hacerme llegar a mí un mensaje.

- Tu amigo… Te espera en Londres. – Dijo. Ella miró a un lado, desviando aquellos ojos que tan profundamente intentaban indagar, infructuosamente. Torcí a la vez el cuello, en gesto de confusión.

- Habrás de explicarte más. – el nombre de Mefisto fue toda la respuesta. No necesité más. Esbocé una leve sonrisa, que no tardó más de dos segundos en retornar a gesto adusto. Le dirigí la mirada.

- Pues llévame con él.


Pasamos diez minutos más alrededor de la fiesta en silencio, yo, volviendo a mi manto de sombras y ella, destacando silenciosamente entre la muchedumbre. Decenas de hombres al día siguiente preguntaron su nombre. Ninguno conoció la respuesta.

Yo sí. Pero el tiempo lo ha borrado de mi memoria. No era importante, de todas formas.
Entramos en un lujoso carro tirado por caballos donde se había acomodado un ataúd a mis exigencias. Madera negra de ébano revestida por dentro con sedas rojas. Sólo permitía dos colores en mi vestimenta, el rojo y el negro, y así sigue siendo a día de hoy. Tampoco en mis refugios me agradan.

Viajamos durante varios largos días hasta llegar a la Gallaecia, donde acudimos a una celebración de un joven toreador bastante estúpido a mi manera de ver. Quizá hasta fuera ventrue. Recibimiento típico. Intenté morder a una de las presentes, pero se mostró más dispuesta a venderme la de otros. No sé qué clase de vampiro es capaz de no beber en caliente. Pierde fundamento. A mí, al menos, se me desvanece la gracia.

Principalmente mi estancia en el lugar se basó en soportar medio – y gracias a Dios que sólo medio… - discurso barato, huyendo hacia una zona más aislada y tranquila. Encontré en una de las habitaciones contiguas y pobremente cerradas una enorme biblioteca sin absolutamente nada de mi interés. Fui comprobando manualmente, libro a libro, si había algo capaz de hacerme mover la sesera aunque sólo fuera un poco, pero… Vaya, parece que la mala literatura abundaba. ¿O quizá escondían la mínimamente decente? El caso es que volvió mi acompañante y cuando encontró tal pila de libros que la igualaba en altura esparcida por la alfombra roja que decoraba el suelo, decidió utilizar sus poderes de presencia para convencerme de que recogiendo todos esos libros tendría una recompensa.
Y efectivamente lo hice, libro a libro, ordenados, de hecho, alfabéticamente. Cosa que antes no era. ¡Le he hecho un favor! Aún me debe un favor.
¡Oh, ahora que lo recuerdo! Antes de entrar llevaron mi armadura a reparar, aunque conservé la espada rota. Tenía la costumbre de no separarme de mis armas. Las quiero como a un hijo, incluso a las rotas.

Bien. Cuando volvió, sobre una hora después, me posaba frente a la puerta a la espera. No tardé más de dos segundos en propinarle un guantazo a mano abierta que le hizo caer al suelo entre quejidos. ¿Por qué? Sencillo. No me gustaba que doblegaran mi voluntad. Tras asumir que había sido algo necesario y justificado, nos trajeron dos copas de vino. Yo volqué la mía, recalcando mi posición de hostilidad hacia el lugar y arrojé los restos de cristal contra el suelo. Los pedazos restallaron por toda la estancia. Cogí a la mujer del brazo y la saqué del lugar. No quería seguir ahí –también tumbé una estantería antes de marcharme. No penséis mal de mí, mi genio es tranquilo, por regla general.

Al día siguiente embarcamos. Fue un día tranquilo, no necesité de salir del ataúd para nada en absoluto. ¿He mencionado ya mi… “fobia” al agua? He visto lo que hace el fuego. No cuela.

El caso es que embarcaron mi ataúd, conmigo dentro, en dirección a Londres. A un día de terminar el trayecto desperté por el sonido del mecer de las olas. Me levanté con enfado, pues, de verdad, que odiaba estar rodeado de una ingente cantidad de agua. Salí a la cubierta para tomar un poco de aire. El resto de la tripulación parecían ser Ghouls, acostumbrados a la noche, y algún que otro vampiro entre los que pude reconocer a mi querida acompañante.
Era casi de día y no quería quedarme a comprobarlo. Así que volví a la estancia inferior, observé por las ventanas unos minutos y me volví a fijar en cuanto me rodeaba. Encontré, por casualidad un martillo. Y unos clavos.
Se me ocurrió que podía ser buena idea gastarles la broma de clavarlos sobre sus ataúdes para sellaros.
El caso es que se hizo de día. Y ellos aún no habían conseguido ocultarse. Me dormí con sus gritos de auxilio. Al día siguiente la habitación estaba llena de ceniza.

¡NO ERA CULPA MÍA! Es que a día de ayer los hacían muy débiles… ¿Quién no es capaz de abrir una maldita tapa de ataúd? Dios, qué estúpidos. No se perdió nada. O eso creo.

Lo cierto es que nadie se extrañó cuando fui el único en descender de la embarcación. Al momento, me percaté de que había perdido mi guía londinense. Por suerte, hablaba con decencia el idioma. Lo cierto es que mi vocabulario se me antojaba arcaico, y a vista de cualquier mortal romántico, antiguo. Conseguí desenvolverme en el ámbito social lo suficiente como para llegar a la cámara de los lores. Tenía la sensación de que ahí encontraría ayuda, o, si mi primo había medrado, indicaciones de cómo encontrarle.
Me percaté una vez frente al puente que me separaba de la zona, de que había una reunión en ciernes. ¿Qué mejor momento para hacer acto de presencia ante el príncipe? Empecé a caminar por el puente en dirección al auditorio cuando caí en la cuenta de que caminaba sobre piedra alzada sobre agua. El temor se apoderó de mí y no estoy muy orgulloso de admitir que quizá maldije en arameo mientras escupía espuma por la boca. ¡No es que sea dramático, es que no me gustaría que se hundiera y caer en el vacío infinito!

Un tipo me dijo que me sacaba de ahí, pues estaba paralizado, si conseguía meterle una piedra de espionaje a cierto tipo en el bolsillo. Acepté, me sacó del puente y pude acceder a la reunión.

La sala, sobra decir, se regodeaba en su opulencia, entre pan de oro, costosos tapices y demás rimbombantes milongas que a mí no me atañen en absoluto. Sí presté algo más de atención a los sillones que se me antojaban cómodos y en cierto modo, propios para mí. Claramente yo exigiría algo más ancho. En esas coberturas de menos de un metro cuadrado no era capaz de apoyar mi magnánimo trasero.

Empezó la reunión con las presentaciones mientras aún me mantenía de pie, en medio de un pasillo, sin mucho interés en buscar asiento. A mí volaron ciertas miradas de odio, desprecio y demás. La mayoría se acallaron en cuanto fruncí el entrecejo. Caí en la cuenta de que Mefisto estaba ahí, junto al Príncipe, que sentado, esperaba a que le dieran pie. Alcé cuan largo era mi brazo y saludé, buscando llamar la atención a mi pariente que parecía abstraído con… Algo.
Me vió, me devolvió el saludo. La reunión se interrumpió momentáneamente, aunque el ventrue que pensaba iniciarla intentó torpemente ignorar el espontáneo suceso. Volvía saludar. Exclamé. Me devolvió la misma palabra en aquel mismo volumen “Primo”

¡Qué bien sentía volver a oírlo tras tres siglos de esperpéntico sueño!

Me hizo acercarme, mientras caminaba sobre las sillas de otros y me dirigó a una vacía donde me senté, justo delante de él, un escalafón por debajo. Acababa de llegar a la ciudad y ya me sentaba entre los lores. Supongo que ser antiguo tiene sus ventajas. La reunión transcurrió sin mucho interés para nadie. Presentaciones, presentaciones, cabeceé al príncipe y me presentó él como legítimo chiquillo de Mefisto al resto de la comunidad, que entonces comprendió el percal que se le presentaba. Parecían asustados… No les culpo.

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- Podemos hacer esto de dos formas. Tú no has visto nada, yo no le doy el toque a mi manada y seguimos siendo dos locos felices. O... Puedo meterte tanto plomo por el culo que pensarás que es un horno industrial. ¿Qué eliges? Suponía.
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Notapor Keroreth » Febrero 17th, 2017, 7:42 pm

No sé cuántos de vosotros conocen a los Angellis Ater, véase . En cualquier caso, hice una historia para el máster de mi partida de Vampiro. Partida que al final no se acabó jugando. No va a tener muchos rasgos estrictamente estéticos, ya que se trata de una pequeña biografía para justificar unos puntos de experiencia extra para el personaje. Pero bueno, ahí va. Espero que os guste, si seguís vivo:

Originario de Ostia, una ciudad costera del centor de Italia. En la boca del rio Tíber, al lado del encampado antiguo de Ostia Antica, una ciudad romana. Nació a principios del siglo XX, en 1916, dos años después del inicio de la primera guerra mundial. El pueblo costero supuso un auge en su economía por cuestiones estratégicas. No sufrió ataque directo alguno, pero era un importante puerto comercial. Su padre era herrero y su madre dueña de una taberna. Ambos tremendamente trabajadores y entregados. Le profesaban bastante cariño al fruto de sus entrañas y no tuvieron problemas de convivencia hasta la adolescencia del joven Angelo.
La educación del mismo fue ejemplar. Gastaron una buena cantidad de sus ganancias en cultura para el joven que se desarrolló de forma correcta, destacando casi en el ámbito intelectual. Era solitario, pero de cualquier forma sabía relacionarse e incluso poseía un leve carisma. Sobre sus dieciséis años comenzó a interesarse por el movimiento anarquista para disgusto –relativo- de sus padres. Por supuesto, el partido estaba ilegalizado y las acciones “terroristas” estaban a la orden del día. Se mostró entusiasta en estas labores y tuvo que relacionarse –por desgracia y por suerte- con gentes que consideraba indeseables. Véase las mafias que eran por aquel entonces las únicas capaces de proporcionarles al movimiento medios para las acciones más violentas de su lucha. Dado su aguzado ingenio y sus conocimientos de la sociedad del momento, Angelo se ganó muchos amigos y enemigos en su tiempo. Para sus 20 empezó a trabajar de forma algo más independiente como detective privado. Pasaron los años. A sus 23 estalló la segunda guerra mundial y el llamamiento a las armas de la Italia fascista le obligó a participar en la guerra durante dos años. A sus veinticinco, por medio de correspondencia consiguió convencer a uno de sus amigos de la infancia para tratar con algunos jefes de la mafia para conseguir una excepcionalidad. En el 41 volvió entonces a Ostia, donde tuvo que devolver favores de forma desproporcionada, trabajando como detective a prácticamente tiempo completo. Tuvo que matar, por supuesto, sobornar y otras cuestiones un tanto sórdidas. Entonces se ganó una frialdad y un punto intimidante que nunca le abandonó. Por desgracia, la familia Giovanni quería aumentar su poder en la zona de Ostia. Como bien he dicho, es una zona histórica, por lo que la presencia de vampiros más o menos antiguos es algo lógico.
En sus investigaciones se topó con el mundo de lo sobrenatural. A veces había que explicarle al jefe que habían aparecido tipos desangrados, que un solo hombre había matado a veinte, y cuestiones del estilo. No hablemos de las desapariciones de rivales y cuestiones igualmente sombrías. Por supuesto, apenas llegaba a intuir una pequeña parte del asunto. Los Giovanni le pisaban los pies y probablemente barajarían convertirlo en Ghul. Para 194X, cuando rondaba los treinta, Livia Romano, una Angellis Ater tremendamente antigua despertó de su letargo. Había pasado gran parte del siglo XIX y el XX dormida, por lo que pasó un año entero rondando la ciudad, observando y seleccionando al que sería su toma de contacto con el nuevo mundo que había sido erigido en su ausencia. Angelo había llamado la atención del mundo sobrenatural por cuestiones de prevención y conocimiento de supersticiones que las más de las veces, quizá casualmente, eran ciertas. Livia es una mujer bastante independiente que seguramente escogió a Angelo porque pensó que sería el candidato más rentable. Tenía conocimientos sobre lo arcano, por lo que requeriría de menos adiestramiento que la mayoría de los otros “pretendientes”. La señorita Romano era descendiente directa de una familia noble, dedicada a la política y la vida militar. Su historia es algo confusa y nadie conoce muy bien su pasado. Es un poco solitaria, no habla mucho pero se muestra amable la mayor parte del tiempo. Tiene una personalidad un tanto tranquila y meditabunda, lo que no significa que sea inofensiva o benevolente. Sus planes suelen ser a largo plazo y premeditados, aunque a veces se muestra un tanto caprichosa.

Actualmente reside en la ciudad de Ostia, donde ha demostrado ser un aliado más que fiable y a la vez suficientemente independiente como para granjearse pocos enemigos.
En retomar el contacto con la sociedad y las gentes de la mitad del siglo XX y principios del XXI, Angelo fue parte clave. Aparte del adiestramiento y los cuidados que ella ofreció, pedía también favores como lidiar con trabajo sucio, recuperar algún artefacto que había perdido en la península itálica un tiempo atrás y otras enmiendas del estilo. Obviamente no todas las empresas se realizaron con éxito pero de seguro que la señorita Romano tiene en gran estima a su chiquillo.

Dos bocetos rápidos del personaje. El primero es un 3/4 y el segundo es un detalle de una marca que tiene en el cuello, en forma de serpiente.

- Podemos hacer esto de dos formas. Tú no has visto nada, yo no le doy el toque a mi manada y seguimos siendo dos locos felices. O... Puedo meterte tanto plomo por el culo que pensarás que es un horno industrial. ¿Qué eliges? Suponía.
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